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Estoy segura de que, en estos últimos años, más de uno habrá respondido “Isa Calderón” a la pregunta: ¿Con qué persona, viva o muerta, te tomarías una caña? Yo, que he tenido el placer de tomarme una caña con ella (dos, de hecho), diré que da lo que promete: una conversación lúcida y en un volumen más alto de lo que marca la convención social, cosa que es de agradecer en este momento aletargado en el que todo el mundo parece hablar en cursiva.

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