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Hay ciudades que claudican ante los ritmos implacables de esa apisonadora social, cultural y económica en la que se ha convertido la moda, y luego hay ciudades que prefieren replegarse sobre su propia mitología para recordarle al mundo que otra manera de hacer moda sigue siendo posible. En la Bélgica flamenca, Amberes pertenece a la segunda categoría. Y el nacimiento del Antwerp Fashion Festival es la prueba, más allá de cualquier burdo intento de colar otra fashion week hipercomercializada en un calendario sobresaturado: escenificada entre el jueves y el domingo pasados, esta primera edición responde a una imperiosa necesidad de centralizar el relato y blindar la soberanía creativa belga en un momento de alarmante canibalismo corporativo.

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