Cocina a medida
Crecí en una casa en la que había siete bocas que alimentar, cada una de ellas con un paladar distinto y unos gustos bien definidos. Quizás yo, por ser la mayor de esos siete polluelos, tenga el...
Crecí en una casa en la que había siete bocas que alimentar, cada una de ellas con un paladar distinto y unos gustos bien definidos. Quizás yo, por ser la mayor de esos siete polluelos, tenga el recuerdo más nítido de cómo mi madre iba adaptando el menú diario a las preferencias de cada uno de nosotros, con pequeños ajustes sobre la receta de partida. Si el plato oficial era pasta con tomate, separaba parte de los macarrones recién hervidos para ofrecérselos con mantequilla y huevo a los remilgados que rechazaban la salsa de tomate. Por poco inspiradora que pueda resultar la alternativa, los pequeños de la casa devoraban el plato como si se tratase del mejor de los manjares. Si de cena había huevos, entonces las posibilidades se tornaban ilimitadas: tortillas de jamón y queso para Gonzalo y Álvaro, de atún para Santi, el huevo cocido para Miguel porque así lo prefería, frito para Lucía y para Jaime… nunca se cocinaban dos huevos de la misma manera. Puede que a mi madre le llevase más tiempo, pero se lo ahorraba en intentar convencer a siete niños de que terminasen un plato que no les gusta. ¿La misión? Cocinar al gusto de todos pero sin renunciar a la simplicidad de ingredientes y elaboraciones, pues es la única forma de abordar la alimentación de una prole tan numerosa.
Comentarios
Deja tu comentario