A Christine Nagel, directora creativa de creación olfativa de Hermès, le daban miedo los caballos. Qué paradoja, siendo este el primer cliente de la casa. Sin embargo, un día conoció a Ryan y se convirtió en su amigo, tanto que decidió dedicar una fragancia a él y a su mundo. Comenzó a trabajar para embotellar el ambiente de un paddock, con sus notas botánicas y de ámbar amaderado, tan difícil de descomponer con precisión. Ese aroma debía oler a caballo, a paja, heno, cebada, avena, correas y monturas nutridas con ungüentos. Y cómo no, a estiércol. Mientras elaboraba el perfume le dio un nombre en clave, Crottin Délicieux, que se traduce como Estiércol Delicioso, porque Nagel piensa que no hay nada malo en ese olor. En Hermès le permitieron este disparate olfativo, porque confiaban en su talento. Eso sí, cuando estuvo listo le cambiaron el nombre: lo llamaron Paddock. Se vende solo unos días al año: los que dura el Saut Hermès, una competición hípica que se celebra cada marzo en el Grand Palais de París. Asistí una vez y lo recuerdo cada semana.
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