Escuchar artículo

Lo que más pena me daría de abandonar mi barrio sería dejar de encontrarme con quienes regentan las tiendas de las que me abastezco. Que Alberto deje de ser mi carnicero, o Manolo mi frutero. Sentí que pertenecía a una comunidad que me sostenía cuando los dueños de estos locales empezaron a tratarme con familiaridad, a llamarme por mi nombre. Sucedió no mucho antes de que naciese mi hija. La llegada de una nueva generación terminó por consolidar estos vínculos.

Seguir leyendo